DEL LATÍN EGO AMO TE

ALEA IACTA EST. La puta suerte está echada. Para ser exactos, aquí a mi vera en el sofá. Mirándome desde sus ojitos verdes risueños que tratan de entablar una batalla con el más mitológico Morfeo y al cual vencen sin excesiva pesadumbre. A la lumbre del mes de julio y abrazados como si no hubiera un mañana, aún me parece demasiado el espacio inexistente que hay entre su piel y la mía. A veces parece que quiero fundirme con su cuerpo y fluir como sangre por sus propias venas y tampoco sería demasiado. Porque con él nunca lo es. Que vuelva Newton para rebatirle sus malditas ideas sobre la impenetrabilidad de los cuerpos, que quiero que reformule sus teorías y lo haga posible.

Porque me llena el corazón de latidos, entre sístole y diástole veo su sonrisa palpitar en todos mis ojalás. Porque me llena la piel de escalofríos; que se joda el invierno ya que sólo él es capaz de hacer alterar mis temperaturas en cualquier dirección. Gélida como una noche de enero cuando le siento lejos de mí y tórrida como las llamas de una chimenea cada vez que me mira. Porque me llena el alma de gemidos y sus manos me visten de deseo, creo que sería incapaz de contar la infinidad de poros reactivos a sus caricias de fuego. Y entonces sabe que cada vez que me besa, me deja con el corazón al rojo vivo. Me mira, con la inocencia de un niño en sus ojos entremezclada con la picardía de su sonrisa y el puto mundo que sigue girando a nuestro alrededor y yo ya no soy consciente. He perdido las coordenadas y estoy justo ahí, dotando a los momentos de una capacidad paradisíaca, ignorando cualquiera que sea el lugar.

Con mi mago, que me graba su jodida hechicería en la retina mientras sonrío a escasos metros y me juro por dentro que es lo más bonito del mundo. A veces le cuento secretos y lo implícito todavía nos une más. Y lo sabe, sabe que es el único dueño de mis entrañas pero le gusta incitarme para que me ría y confiese que efectivamente, me vuelve loca, o para ser más precisa, como bien dice reduciéndolo al hecho es simple, que estoy muy pillada. Los dedos me voy a pillar un día con la puta ventana cada vez que te vas y me asomo para mirarte el culo.

Y entre broma y broma están ellas que se burlan de lo que se hacen llamar moñadas, pero es que a veces se me enternecen más de la cuenta las ideas y se me acumulan las palabras. No es idiosincrasia, más bien se ha follado mi mente para ablandarme el corazón y ganarse a pulso todo mi yo. Y aquí estoy, con la sensación de estar a flote en el espacio, con ese miedo a que la gravedad haga de las suyas y a sabiendas de que le desnudé mi alma. Con la certeza de que lo mejor que puede pasarme es amanecer a su lado todos los días de mi vida. Que amar a veces nos hace vulnerables, pero también imparables.

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JAQUE MATE AL CORAZÓN

Abstracto. Como la sensación de tener un déjà vu. Como las ganas de gritar en lo alto de una montaña cuando te sientes feliz. Como la libertad. Como un juego de ajedrez. Como el amor. Como cuando ni todas las palabras del mundo son capaces de definir algo que llevas dentro y que es demasiado intenso.

 

Junio 2017

 

Seguro que alguna vez habéis mirado a alguien mientras dormía durante horas. Lo habéis mirado porque os hacía sentir algo muy grande. En ese momento crees que podrías vivir mil realidades mientras esa persona está en su profundo sueño.

Es como una catarsis donde sacar a flote las sensaciones más indescriptibles del mundo. Y entonces sonríe, veo que dibuja una sonrisa tímida en medio de la penumbra. Se gira y me abraza. Yo sólo sé que sus brazos son ese jodido abrigo donde quiero arroparme todos los inviernos. Que quiero mirar el mundo a través de los surcos de su espalda y drogarme del olor de su piel hasta la sobredosis.  A veces abre los ojos y me mira, como si supiera a ciencia cierta que me siento la más afortunada del universo. Estoy justo en ese rincón dónde quiero quedarme.

A veces nos pasamos la vida jugando al ajedrez contra el amor. Moviendo peones entre cuerpos vacíos, planeando estrategias a través de las cuales intentar sentirnos vencedores. Algunas piezas sobresalen entre otras, hay torres que imponen, cuyos movimientos acabamos admirando; alfiles con juegos inteligentes siempre tratando de recorrer el tablero de diagonal a diagonal en ambas direcciones con gran astucia. Nada funciona, ni jugadores de élite son capaces de perturbar a las mejores reinas de la partida. Los reyes son invisibles, permanecen agazapados e inalcanzables en la última fila. A veces dudas de su existencia, como si la vida te hubiera hecho trampas. Caen las piezas, una tras otra. Se reanudan las partidas, casilla a casilla. Tablas, jaques, aciertos y errores. No hay emociones entre ataques ni defensas. Ni las jugadas ilegales más osadas son capaces de ponerte los pelos de punta. Cada vez es menos interesante; llega el momento en que tras perder todas las putas partidas te planteas dejar el maldito juego. Piensas que lo mismo lo tuyo son las damas, aunque te parezca lo menos interesante del planeta. O los escalectrix. O simplemente el chinchón o el mentiroso, como cuando jugabas con 11 años en la piscina.

Cuando menos te lo esperas, ocurre. Ocurre que pruebas una maldita droga que te hace viajar a lugares insólitos. Tu mente no se centra en otra cosa y te pasas las 24 horas del día pensando en ello. Ni siquiera sabes qué formato es el que más gusta. Quizás los labios, tal vez las manos. Los hombros, el pelo. Tiene el gancho en todas partes. De la cabeza a los pies. 1,80 de infinita adicción que nunca se acaba. Pasan los días y cada vez te sientes más enganchada. Sabes que esa es la única droga capaz de hacer que tu cuerpo responda a los estímulos, de tocar la tecla para despertar a todos los niveles. Ninguna otra cosa en el mundo sería capaz de conseguirlo, es inigualable, increíble e insustituible. Es él. El REY. Y tu felicidad un inmenso imperio.

Jaque mate al corazón.

From 26/04 lost in your skin 24/7

Veía asomar tu adictiva sonrisa detrás de unas líneas para leer adivinanzas entre tragos de vino clandestino aquella noche. Sabíamos a segundos efímeros de eterna atención e intensa atracción y a mensajes subliminales premeditados. Intenciones nocivas dañando tu psique, de esas que consumen hasta tu última voluntad. Que te desgastan, te liquidan.

Corazonadas lanzando puñales y disparando al destino, jodido que te amenaza un maldito tempus fugit y te sube a columpiarte en el carpe diem minuto a minuto.
Y yo me encontré con tu piel, que me sabía a vida intensa y a escasez de agonía. Me encontré en un sitio dónde querer permanecer a vivir, a través de ti, sin más. Como si se nos escapara el alma en cada hueco de distancia entre nuestros cuerpos. Como si se consumieran las ganas al fundirse en un abrazo tan cercano. El anhelo de querer fluir en una misma sangre por nuestras venas en ese preciso instante. Y las horas que suenan como alarmas ametrallando nuestras neuronas y poniendo fin a la deseada eternidad de esos momentos.

Hoy no tengo hambre, ni sueño, soy capaz de alimentarme del eco del sonido de tu risa y soñar despierta al tacto de tus manos en mi espalda. Asumir la madurez de que eres la guerra en la que quiero dejarme la maldita piel y tus ojos son el abismo donde tengo la certeza de querer saltar. Un abismo verde esperanza capaz de crear infinitas ilusiones, de esos en los que perderte como una inmensa primavera que como dicen alteran hasta los latidos muertos de un corazón roto. De tu mano me siento invencible, imbatible ante cualquier adversidad.

Y ahí afuera lanzan flechas de fuego con intención de quemarnos, pero lo que no saben es que ya estamos ardiendo. Ardiendo en ganas de cogernos de la mano y vivir lo que antes nunca hubiéramos sido capaces, ardiendo en ratos compartidos y ansias de gritarles que mientras ven y critican la película, nosotros la vivimos. Que la felicidad sólo es guión y argumento en tu película cuando tú eres el protagonista y eliges el papel de tu vida. Y como espectadores, queridos señores del jurado, valoren, puntúen y dicten aun sin conocer el verdadero testimonio, que yo a él le doy mi cadena perpetua si es necesario y sólo asumo su sonrisa como veredicto final y sus latidos como sentencia de por vida.

DESCALZAS POR EL PARQUE

Caperucita, que al final resultó el lobo ser un nimio mequetrefe cuyo aullido ya no era capaz de ponerle los pelos de punta ni a la luna. Lo dejaste en el bosque insalubre donde alguna perra callejera aun pudiera acercarse a él. Carente de argumentos interesantes y desprovisto de su ingenio habitual, dejó de ser el cautivador malo de tu larga película para salirse totalmente del guión y convertirte tú en la dulcemente perversa protagonista.

Despeinando las prisas, llego tarde a todas partes porque pierdo el tiempo en sonrisas. He olvidado echarme colonia pero me da igual porque aquí afuera huele a puta primavera. De esa que hace que te aferres al sol hasta asfixiar las desilusiones. No me quedan penas, se han quedado congeladas en las gélidas tardes del invierno hasta escarcharse y derretirse como mis malditas ganas de no salir de casa. Querida primavera, este año no siembres margaritas que no necesito deshojar ni una para tener la certeza de que me quiero.

He salido a coronar tus atardeceres y a llenar mi sangre de ácido fólico en formato de latas de cerveza. Brindemos por las personas que me has traído mientras escupes polen en los parques, y por aquellas otras que has dejado atrás como dragones echando fuego por la boca en el duro in(f)vierno. Te robaré unas amapolas para hacerle un collar a mi loca de la colina, que viene desde lejos a traer intensidad y vitalidad a partes iguales. Que la vida es eso que pasa mientras nos ponemos narices y orejas y pa’ que queremos más.

Mi alma gemela está plantando una profunda operación bikini en el jardín para que podamos compartir un verano de desfiles satisfactorios. Se me llena de regocijo el alma cuando lo veo detrás de mis ocho patas que descansan en el mismo colchón. Mi hogar está hecho de la serenidad de tres seres por los que sería capaz de morir y matar. Aunque desgraciadamente, sigo odiando a los gatos cabrones.

Las mejores cosas ocurren cuando llevas las jodidas uñas sin pintar. Y eso que has probado los malvas, los violetas, los más sensuales rosados y rebuscados rojos pasión.

Buscamos la paz abrazando espaldas ajenas cuando la llevamos en nuestras propias manos. Que no es el rojo pasión de nuestros labios, sino las ganas de que la pasión invada nuestras vidas. Ven a enamorarme vestido de lo que quieras, que me atrevo hasta con dragones y serpientes, pues soy yo la hechicera. Quiero la valentía del león, la protección del oso, la astucia del zorro y la independencia del gato. Quiero beber de tus labios la mejor crema de orujo hasta quedarnos dormidos en la sombra de un pantano. Quiero despertarme y ver cómo me mirabas y te sentías el más afortunado. Gritar hasta quedarnos afónicos en el eufórico Wanda metropolitano. Que si el amor existe tiene que ser lo más parecido a tocar la melodía más bonita en los poros de tu piel erizando tus intenciones, mientras un espumoso café se enfría en la encimera de la cocina.

Que le jodan a los sueños rotos, he aprendido a construirme un castillo con sus pedazos. No necesito estrellas fugaces, para cumplir mis deseos yo soy el genio de mi propia lámpara. A veces me basta con un par de huevos fritos y unas chuletas de cordero, pero tráete un helado de after eight por si acaso. Hasta las canciones más tristes se pueden bailar, y qué jodidamente maravilloso es ir descalza por la pradera en primavera.

La fábula del gato ingenuo 

El gato solía caminar en solitario. Independiente, dubitativo, taciturno en aquellos momentos de soledad. Rápidamente miraba con atención cualquier estímulo del entorno. Se entregaba a experiencias, curioso, con claras ansias de mundo. En ocasiones permanecía en lugares insólitos que le producían un bienestar distinto al habitual. 

Siempre pensó que admiraba el carácter de los leones, el perfil de esta especie que, aún siendo felinos como él, distaba tanto de sí mismo. Aquel día en su caminata los vio. Había terminado en un zoo próximo de la zona, y allí se encontraban dentro de su jaula. Tan salvajes y tan presos. Con esa serenidad regia de quién se sabe capaz de dominar un territorio. Con esa mirada aparentemente atrevida y feroz. Le pareció percibir cierta simpatía y se acercó. Permaneció diminuto e inmóvil frente a ellos, observando sus desafiantes ojos. Pronto se vio obligado a introducirse en la jaula para lograr pasar desapercibido porque una persona merodeaba por los alrededores. 

Los dos leones pronto parecieron sentirse agradecidos por la presencia del inocente y a simple vista indefenso gatito. Enseguida estrecharon relaciones y el pequeño felino conseguía fácilmente alimentarse con la ayuda de los recién allegados. Perenne, se sentía protegido en determinadas ocasiones al lado de estos protectores, pero extrañamente intranquilo. Con el paso de los días, comenzó a sentir desasosiego. Asumió la rudeza de los leones, el miedo y desconfianza que éstos provocaban al resto del zoo. Los observaba cazar cualquier presa, desinteresados, carentes de altruismo, buscando únicamente su exclusivo sustento. Los veía pelear entre ellos por alimento, sacar la garra con facilidad. Cada vez se encontraba más desubicado y pronto los leones comenzaron a presionarlo. El gato se sentía amenazado, cada vez más fuera de lugar. Los leones pretendían hacer de él un animal cuyo papel la propia naturaleza no había decidido otorgarle. Totalmente perturbado, decidió huir. 

Huyó a ese lugar donde había sobrevivido al menos dos de sus intensas siete vidas. Esa zona suburbana donde siempre había habitado. Allí  donde se rodeaba de diversas especies de caracteres dispares. Su sitio. Le gustaba caminar entre los numerosos perros. 

Los perros respetaban su presencia, le hacían integrarse y sentirse uno más de la manada. El felino tenía especial afinidad y gran predilección por aquel perro pequeño blanco y cojo, de un distinguido ojo gris que siempre mostraba un carácter apacible y tranquilo. A su lado solía aparecer otro perro de tamaño mucho más prominente por el cual el felino sentía un cariño excesivo, dispuesto siempre a cuidar a los demás y tratar de liderar la manada. Por instinto animal, a veces el perro de profunda mirada azul desaparecía en busca de compañeras o cuando intuía otros perros tratando de invadir su territorio. Para el gato, su mera existencia era absolutamente reconfortante y lo echaba desesperadamente de menos cuando abandonaba la manada.

La manada compartía parques con infinidad de animales. A menudo una golondrina frecuentaba el mismo lugar, con su peculiar carácter humilde. Como buena ave migratoria, iba y venía continuamente haciendo acopio de su capacidad de volar y sus ansias de libertad. Hacía música en el ecosistema con su apacible gorjeo, bastaba con verla para que todos los animales sintieran paz. La golondrina experimentaba una especial sinergia con el búho. Este último de todos era el más pacífico, siempre presente en el hábitat emanaba  una tranquilidad y sintonía que todos los animales valoraban. Poseía una gran inteligencia y una parsimonia digna de admirar. Nunca peleaba por supervivencia y mantenía sanas relaciones con el resto. Era imprescindible en el entorno, incluso cuando decidía aislarse porque éste se tornaba hostil y el resto de la fauna extrañaba su presencia a pesar de conocer sus cambiantes hábitos. 

Algo menos visible, convivía una ardilla. Era un poco ruidosa, de profundo carácter bondadoso. Una luchadora empedernida, siempre capaz de conseguir cualquier necesidad para el resto de las especies circundantes. Sacando a su prole adelante indudablemente trabajadora, solía emplear momentos libres para estar con el gatito y lo hacía sentir un conjunto de bienestar y sensación de hogar que éste adoraba. Si algo tenía claro el gato era que quería vivir una de sus siete vidas completa a su lado.

 El gato nunca olvidaría a la gran cigüeña blanca, esa gran ave tan hermosa por dentro y por fuera que había migrado a un lugar no muy lejano en búsqueda de mejores condiciones. Esa cigüeña blanca de pelaje bicolor que le había enseñado a sentirse valioso, a crear y repartir grandeza. La cigüeña había pasado mucho tiempo a su lado y el gato sentía su dolorosa ausencia en el frío invierno. Recordaba la fuerza y coraje del animal y el instinto de lucha y vigor que siempre le había transmitido. Añoraba esa figura cuya falta era notoria y evocaba a menudo su imagen y sonido para recuperar vitalidad. 

En las altas horas de la mañana, el pequeño felino arrancaba sus andanzas. Le encantaba salir a buscar el primer alimento del día y solía visitar a una jirafa del zoo inmediatamente próximo a su suburbio. Aquella jirafa era especial, astuta, observadora. Sentía que jugaba un papel imprescindible en su vida, lo protegía. Era un animal con más vida de experiencia, de sabios y mudos consejos, cuyas vibraciones trataban de encaminar al gatito cada vez que esté trasteaba o trataba de seguir un camino erróneo.

A pesar de su desapego y carácter ocasionalmente marginal, el gato era consciente de cuánto necesitaba y quería a todas estas especies. Sabía que la naturaleza era simple, que no existían filtros dañinos en la biodiversidad se diese la situación que se diese. Precisaba a todas esas criaturas y otras más con las que no compartía tanto tiempo porque sus comportamientos los hacían hibernar y se habían alejado de la zona por aquel entonces. 

Al gato nunca le pasaba desapercibido el lobo oscuro. Padecía  una extraña atracción por aquel animal, no pudo jamás acercarse en exceso porque habitaba lejos y éste no solía aceptar compañía durante largas horas. El lobo siempre le pareció lejano, inalcanzable, de rudo carácter y extraordinarias destrezas. Valiente y absolutamente inaccesible. Puntualmente prescindible,  el gatito se conformaba con oírlo aullar en las noches de luna llena. 

El pequeño felino conocía su sitio. Ese sitio a simple vista disparatado entre tantas diferentes y opuestas especies, ese lugar que parecía difícil y podría ser considerado hostil por la convivencia simultánea de las mismas. Ese sitio  en el que quería vivir todas sus vidas y sentir su hogar, la calidez y el arropo incluso en los días más devastadores. Él vivía entre la proximidad y el amor. Convivía entre pieles de tolerancia y reciprocidad y patas de confianza y lealtad. Respeto de jerarquías. Si en esa simbiosis había animales cuyo comportamiento afectaba a un compañero,  con una inclinación del cuerpo pedían disculpas porque sólo deseaban seguir interactuando. La comprensión abundaba entre la variopinta manada. 

El gato, tan chiquito y con tan enormes sueños, nunca más volvió a querer ser un león.

REGALOS

Titis, hay que ver lo bien que sienta levantarse por la mañana sin prisas. Putear al perro y darle mil achuchones entre legañas sabiendo que hoy no hay horas, ni minutos. Improvisar un desayuno. No tomarte el café porque el jodío quema y ves el perro acontecer con cara de cordero degollado con la correa en la boca desde la maldita puerta.
Bajar medio dormida y ser feliz sólo porque el negro de la puerta del Ahorramás ha vuelto de donde coño quiera que se hubiese ido de vacaciones y está ahí para darte los buenos días con la mejor de sus sonrisas. Momentos tan auténticos que no te ha dado tiempo aún ni a darte cuenta de que es un martes cualquiera. O no. Es un martes en el sabes que te toca ser la anfitriona de una tarde sorpresa porque esa amiga que vale su peso en oro se merece recordar el día de su 27 cumpleaños toda su vida (porque para todo hay una primera vez, dicen). Porque sólo por pasar horas y tener la mejor excusa para reunirlas a ellas te sientes la más afortunada del planeta.
Vuelves maldiciendo los 40 grados que hacen ya porque el sol achucha deseando no encontrarte con ningún vecino repleto de infinitas ganas de contarte su vida.
El gato está tan entretenido tratando de asesinar algún tipo de ser volador por el salón que no acude a recibirte en su versión más porculera y piensas que si dios existiera le darías las gracias por cosas como está. Pero no debe de existir porque sino no hubiera creado a los gatos, está claro.
Entonces te acuerdas de tu madre y de su sincera voluntad de que comas verduras cada vez que te regala unos calabacines porque estban en oferta y llevándose 4 pagaba tres ( o algo así) y un larguíiiisimo etcétera inagotable y decides ponerte a cocinarlos. Porque os juro que como se pongan malos puedes llegar a sentir el peor remordimiento de los siglos. “Mamá, te quiero. Dime si no estuvieras tú qué es AMOR”
En la cocina te encuentras con ese café frío con cara de pocos amigos. Y de fondo suena el móvil. Te pones a lo tuyo y cuando el lío ya está hecho te sientas a monear y a decidir cual de los 257 libros que estás leyendo te va a acompañar durante la próxima hora. Y vuelve a sonar el móvil; esa amiga incondicional que te pregunta cada hora como sigue tu perro porque sabe que mueres cada vez que lo ves mal. Y entre pantallas,le ves a él, que consigue que aterrices de una jodía vez por todas en este intenso martes porque sólo con ver su nombre en el teléfono suenan unas 700 alarmas dentro de tu cuerpo capaces de despertarte del más profundo letargo. Él, que quiere invitarte a un café, y piensas que nadie creería que los mejores días empiezan haciendo una crema de calabacín…
Mire usté, no te sobran minutos en la tarde que tienes por delante, pero ganas, ganas de beberte todo el café de sus ojos hasta que no quede gota sí que sobran. Demasiadas. Hay cuestiones indudables.
Y qué bien sienta ese ven cuando sale de él, que le prometes la mayor rapidez pero en el fondo sabes que no será así porque no paran de sonar buenas canciones en los altavoces mientras algún vecino huraño da golpecitos en las paredes y tú remoloneas un poquito más. “La última”, como intento fallido. Hasta que suena esa que te hace acordarte de que si se acabara el mundo en las próximas horas, preferirías que se acabara estando con él y te vas.
Allí estaba él, preocupao por cualquier cosa menos porque se acabara el mundo con un cigarro en la mano, dispuesto a regalarte su martes para que sepas todavía más a ciencia cierta que los mejores regalos no tienen precio.
Se van los minutos cuando parecía que hoy no existían y sólo quieres que quien hubiera determinado la duración de las horas las hubiera alargado.
Porque qué bonitos suben y bajan sus hombros cada vez que se ríe. Y habla y habla mientras le miras sus ojos de león que cuentan que le acojonan los tiburones. Pero qué más da, te encanta igual aunque le den miedo los malditos tiburones.
Y dice que no le gustan las mujeres maquilladas sin ser consciente de que él va a maquillarte con la brocha de su mirada. Porque aunque ellos no lo sepan, vosotras sabéis que la luz que te da la sonrisa que vas a llevar puesta durante los 3 o 4 días posteriores sólo por acordaros de este momento ilumina más que cualquier cosa.
Y como todo lo bueno, si breve,dos veces él,tiene su fin. Aunque sepas que por esta tarde efímera a su lado darías tu entera eternidad. Como dice el refrán de nuestro círculo…”te irías a China montada en una gallina” sólo por que te diera un beso así que… que más da. Qué coño importa si no es tuyo y nunca lo será, porque en ese momento no compartes su sonrisa con nadie más.Ni siquiera el perro, que por fin le ha dado por tumbarse en el suelo y dejar de pedirte atenciones.
15 minutos más tarde,allí tienes a tus amigas incondicionales sentadas en el banco mirándote al unísono. Incapaces de reprocharte que llegues 10 minutos tarde porque les sobra con intercambiar una sonrisa contigo para saber que cuando hay complicidad no hacen falta palabras. Ellas ya intuyen que si fuera por tí,no te duchabas en una semana…porque, no sé, si no te esperas a ducharte al día siguiente sólo porque quieres dormir arropada por el olor de su piel, amiga, no se le parece al amor.

Esta entrada fue publicada en agosto 24, 2016. 1 comentario

Latitud 36° 04′ 47″ N, Longitud 5° 45′ 34,74″ O.

Un papel en blanco. Tan sencillo para él y abstracto para ella. Un escenario dónde enfrentar tachones de tinta y pelear ideas. Un tablero donde grabar sensaciones que nunca las palabras serían capaces de describir a la perfección. Rebobinó su ubicación.

Suroeste de España, julio 2016

Allí dónde te sientas mientras las olas te sonríen y el mar va apagando poco a poco al sol. Un instante que te concede una barra libre de deseos; y ella le pedía a él una y mil veces, le tomaba en serio y en broma, en todas sus formas posibles hasta emborracharse del recuerdo de su sonrisa y disfrutar de la resaca de tantas ilusiones al día siguiente.

Volvía y pronto sabía cuánto se necesitaba, cuánto se quería. Y esta vez le había vuelto a traer, preso de su ignorancia, a caballo en su memoria tomando las riendas de los mejores recuerdos. Porque el había hecho gran parte de ella, había construido los cimientos del campo de batalla donde ella se había enfrentado a su peor enemiga y aprendido que vivía en el interior de si misma.

Eran sus ojos de león cuya mirada aún lograba evocar, que le habían transmitido la fuerza, la valentía y el poder del falso ídolo de la selva.

Se vistió de arena fina en aquella playa infinita y a cada grano de la misma sabía que todo tacto diferente al de sus manos sería siempre más áspero. Dibujaba en la orilla, escribía palabras  efímeras de nostalgia que el agua se llevaba a cada segundo. Unas huellas de perro se hundían a su derecha y ella sonreía.

Sonreía contagiada de la alegría de las gentes que le bailaban al sol en la lejanía. Sonreía al entusiasmo con que su mejor amiga grababa la fugacidad de ese momento para eternizarlo de por vida. Sonreía al egoísmo de las gaviotas que no permitían que ese atardecer sólo fuera suyo. 

Había dejado de ser escéptica justo en aquel lugar muchos años atrás  y se dejó llevar por la magia que tanto añoraba.

Entonces volvía a reconocerlo. Volvía a saber que si se tenía, lo tenía todo. Incluso a él, en su forma más platónica, pero ella sabía que era suficiente. Nunca otros labios sabrían igual ni nunca encontraría la misma intensidad en otra piel. Nunca vería un otoño tan bonito como el de sus ojos, pero le bastaba con guardarlo en su recuerdo y llevarlo en su equipaje emocional a cualquier rincón del mundo.